Expoliar el medio ambiente, la piratería del siglo XXI

| 11 julio, 2012 | 0 Comentarios

Farmacéuticas patentan cada año decenas de plantas selváticas basándose en los conocimientos de los pueblos indígenas. Es la “biopiratería”.


biopirateria

La piratería de los laboratorios merma el ecosistema.

Plantas como la ayahuasca, la maca o la quinua, y los conocimientos tradicionales asociados a ellas, son algunos ejemplos de recursos genéticos patentados por la industria occidental con el objetivo de obtener rédito económico, obviando que sus usos y propiedades son el resultado de miles de años de experimentación de los pueblos nativos.

Es la usurpación de la biodiversidad y el saber cultural de las comunidades indígenas, acuñada bajo el concepto de “biopiratería” y practicada impunemente en la mayoría de los casos por los “biocorsarios” que se esconden bajo la manta de las empresas farmacéuticas y alimentarias y sus presuntas aportaciones al estado del bienestar.

Ese modus operandi de los laboratorios del primer mundo no pretende más que privatizar la naturaleza a través de ”artimañas legales”, de capitalizar y privatizar su empleo y funciones, expoliando los saberes y conocimientos que los pueblos indígenas han ido trasmitiendo de generación en generación de forma oral.

Y es ahí donde las farmacéuticas atinan con los vacíos legales, ya que no existen papel ni pergamino que contemplen que esa sabiduría corresponde a los sociedades nativas, que desde tiempos inmemoriales han habitado los bosques y selvas del trópico, obteniendo de él la manera de contender contra las enfermedades y proveerse de sus cualidades homeopáticas.

Una mota en los laboratorios de la naturaleza

De los rendimientos económicos que se obtiene en Occidente a través de esta práctica, los países no desarrollados no perciben nada: ni reparto equitativo, ni reconocimiento, ni siquiera respecto.  Y eso que, gracias a sus aportaciones, a su erudición y sus estudios perfeccionados durante cientos de siglos, la industria obtiene un químico útil por cada dos analizados, de lo contrario, la cifra de éxito se rebajaría a un acierto por cada 10 000 exámenes, con el consiguiente y nada despreciable ahorro económico. Y es que para ellos, para los “biopiratas”,  nada hay más valioso que un indígena ingenuo o un gobierno ambicioso conducido por la corrupción y su escasa estima por las selvas y sus pueblos.

Una vez más, silenciados por los poderes institucionales y fácticos, los nativos observan impotentes cómo son obviados como seres humanos, a pesar de que sus conocimientos tradicionales son la base del desarrollo del sistema farmacéutico, que sólo en 2009 obtuvo 43 000 millones de euros de beneficios por la comercialización de productos derivados de sus saberes ancestrales.

Las farmacéuticas y sus patentes de corso

La proliferación de asociaciones, programas, protocolos internacionales –como el de Nagoya- y movimientos opositores han provocado que cada día sean mayores las trabas con las que se topan las farmacéuticas para llevar a cabo sus pretensiones, aunque eso no ha entorpecido que hayan aparecido casos como el de Costa Rica.

Un país de rico ecosistema, donde hace menos de un lustro se permitió sin control alguno la extracción y estudio de millones de  muestras vegetales con su consecuente lesión para el medio ambiente a cambio de 100 000 dólares, una cantidad irrisoria teniendo en cuenta que el salario del presidente de la compañía que llevó a cabo las prospecciones era 100 veces superior.

O el de Perú, donde con la excusa de la tesis doctoral, un joven botánico español obtuvo un profundo conocimiento de plantas aromáticas y curativas de la tribu de los Machiguengas en el Parque Nacional de Manu. En el libro aparecía el nombre del autor, el copyright, las nunca ausentes dedicatorias y agradecimientos a familiares, pero ninguna referencia a su instructor y pedagogo en esas tierras salvajes. Es el robo del conocimiento con conocimiento de causa, es la “biopiratería”.

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Category: BIOPIRATERÍA, NATURALEZA, OPINIÓN

¿Quién escribe? ()

Jaime Núñez de Castro Cruz estudió Comunicación Audiovisual en Málaga, aunque toda su experiencia profesional se ha basado en medios escritos, desarrollando tareas de edición, redacción y fotografía. Su interés por el medio ambiente, el turismo alternativo y los derechos humanos están marcando en los últimos años profundamente su orientación periodística, aunando de esta forma profesión y filosofía de vida.

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