Permacultura, el abrazo indómito entre el hombre y la tierra
Esta corriente, acuñada por Bill Mollison, aboga por sistemas de vida naturales basados en un mínimo impacto ambiental a través de la agricultura ecológica, las bioconstrucciones y el aprovechamiento de energías naturales.

La flor de la permacultura.
“Vivir simplemente para que otros puedan simplemente vivir”. Con esta escueta y simétrica frase, el biólogo australiano Bill Mollison describe sazonadamente el ideario de una sabiduría a la que la ciencia convencional le da la espalda, pero que él mismo convirtió en una nueva corriente en la que el hombre y la naturaleza se abrazan como lo hacían en los albores de la humanidad, para vivir en perfecta armonía, cavilando el uso necesario y no excesivo de sus recursos y siguiendo los patrones de los ritmos de la pachamama. Es la permacultura.
Sus partidarios, prosélitos y adeptos, no son ni hippies, ni okupas, ni aldeanos, ni antisistema –en el sentido más radical de la palabra- sino que forman parte de una conciencia sui géneris que aboga por la desmitificación de esa consigna global errada que sostiene con vehemencia que “calidad de vida es nivel de consumo”.
El destino de los permacultores, por tanto, se enfoca hacia sistemas de vida sencillos, basados en agricultura ecológica, bioconstrucciones, aprovechamiento de energías naturales, economía local y bienestar físico y espiritual, sin renunciar a la tecnología y a la ciencia, como una respuesta cultural a la crisis ambiental -erosión de la biodiversidad y cambio climático- y social -capitalismo voraz- que padecemos.
Este “neorruralismo” no está reñido con la sociedad urbana, aunque es cierto que debido a la actual configuración metropolitana, se hace necesaria una vuelta a las aldeas, a lo antropológico, a la recuperación de espacios abandonados y suelos baldíos, a huir de esa sofisticada y casi impermeable burbuja creada en torno a la sociedad de consumo, con el consumo como justificación de ser de la sociedad.
Agroecología del microbiólogo discreto
El sustento de los postulados permaculturales se asienta sobre la agricultura ecológica o agroecología. Por eso, el padre de la permacultura, Bill Mollison, no obvió los estudios y experiencias que el microbiólogo japonés Masanobu Fukuoka describió en sus libros La revolución de una brizna de paja y La senda natural del cultivo, dos volúmenes de imprescindible lectura para aquellos que se inician en este arte.
En ellos habla de un método de agricultura natural descubierto de forma casual al observar unas vigorosas plantas de arroz en un campo no cultivado durante muchos años. Desde ese momento acuñó una conducta de labranza centrada en la cooperación con el entorno más que en su manipulación, a través de la no realización de laboreo y poda, el no uso de abonos, pesticidas y herbicidas y la siembra directa de semillas envueltas en bolas de arcillas. “Lo trágico es que en su arrogancia infundada la gente intenta someter a la naturaleza a su voluntad”, llegó a afirmar con los años este hombre discreto y de aspecto afable.
Permacultura: en constante marea creciente
Desde que Mollison publicara junto a David Holmgren en 1978 el primer libro referente a este movimiento bajo el titulo Permaculture One, basándose en la tesis universitaria de este último, se han multiplicado el número de practicantes que han desarrollado y experimentado procesos naturales para la creación de asentamientos humanos sostenibles, posibilitando con ello la conversión de la permacultura en mucho más que un concepto, más bien en una filosofía holística basada en principios científicos.
Actualmente, no existen datos concretos sobre el número de permacultores, pero es palpable la evidencia de que se trata de una ciencia en expansión que hoy día podría estar presente en más de 100 países del mundo a través de programas, organizaciones, ecoaldeas y proyectos familiares. De hecho, un simple vistazo a través de Internet, el medio que ha propiciado su dispersión internacional, es suficiente para ver el poder de esta “religión” y conocer sus principios con infinidad de bibliografía, relatos experimentales, talleres, técnicas, ferias, simposios, programas de voluntariado, etc.
Caña Dulce, utopía natural
Como un ejemplo utópico. A orillas del río Grande, en el interior de la provincia de Málaga, en España, se ubica el centro de vida natural Caña Dulce, un proyecto que inició su andadura en el año 2000 y que en la actualidad se ha convertido en una de las referencias españolas de creación de sistemas sostenibles y autosuficientes, en el que la permacultura se combina con el higienismo – movimiento que busca la sinergia entre el entorno y la salud física y mental- y las prácticas espirituales; todo un paraíso bucólico por el que han pasado ya más de mil personas entre visitantes, voluntarios y participantes en talleres y eco-estancias.
Tal y como dicen sus promotores, Matricia Lana y Lucho Iglesias, el camino no ha sido fácil, pero su paciencia y perseverancia han dado como resultado un lugar de fábula, que cuenta en su hectárea y media de extensión con un bosque comestible, huertos ecológicos, bioconstrucciones, inodoros de humus, duchas solares, lagunas depuradoras de aguas y un largo etcétera de sofisticados sistemas naturales. Naturaleza natural en todo su esplendor.
Category: NATURALEZA, OPINIÓN, PERMACULTURA



























Muy bueno este artículo. Define perfectamente lo qué es y significa la permacultura, con un lenguaje que combina muy bien los conceptos y sus apliaciones reales. Ojala cunda el ejemplo y se pueda difundir esta ciencia, que no es que sea el futuro de la humanidad sino el cambio necesario para que podamos seguir viviendo en la tierra
Gracias, Carlos. Es bueno saber que el artículo te ha resultado interesante y que nos sigues. Y como bien dices…ojala que cunda el ejemplo. Un saludo